BIBLIOTECA DE MONTSERRAT

BIBLIOTECA DE MONTSERRAT

sábado, 22 de marzo de 2014


LADY GAMBA
A Lady Gamba no le gustan los gatos. Llevo muchos años a su lado y me he enterado hoy, cuando le he sugerido la presencia de algún animal de compañía en el reportaje que íbamos a realizar en su casa. Se ha mostrado aterrorizada y a punto de un ataque de ansiedad. No ha habido  manera de que me cuente el origen de semejante pánico.
Yo había llevado un precioso y elegante gato Mau egipcio, que permanecía en su transportin mientras trataba de convencerla:
—La presencia de animales de compañía nos hace más humanos y próximos a nuestros semejantes; eso haría que tus fans te apreciasen más, se sintieran más cercanos a tí; los gatos eran sagrados en el Egipto antiguo y teniendo en cuenta la estética de tu casa, tan llena de símbolos de aquella época, es lo más adecuado  —No pareció convencida con mis argumentos.
Aunque haciendo un repaso de toda la parafernalia de la decoración era verdad que Sekmet, la diosa gata, no figuraba por ningún sitio.
__ Traéme uno de esos chuchos pequeños, de esos que les ponen un lazo en la cabeza, __me dijo__ y si puede ser de pelo blanco, mejor; así hará juego con el color del sofá.
__No hay yorkshires de pelo blanco, además, si fuese blanco sería invisible: tu sofá es blanco. No tardarán en venir de la revista, no voy a tener tiempo de ir a alquilar uno.
Se levantó del sofá dando por zanjada la conversación. Conmigo no solía negociar, solo ordenar. Pero la conocía desde hacía mucho tiempo, y había vivido con ella situaciones tan diferentes que ya no solían asombrarme sus reacciones intempestivas y, a menudo, coléricas. La veía sola,  frágil , huérfana de afectos y referencias, y solo me producía una inmensa ternura.
No fue fácil  convencer a la señora para que me dejara su preciosa yorkshire, con un lacito rosa entre las orejas, me costó tiempo, doscientos euros y consentir su presencia durante  la sesión fotográfica: su perrita se podía estresar. Hube de esperar a que completase su paseo pues acababa de salir a la calle.
Cuando regresé, todo el equipo estaba en la puerta. Nadie les había abierto. No me extrañó demasiado; caprichosa y neurótica, cuando se le torcían los planes era de temer por lo imprevisible de sus reacciones. Estaría encerrada en su estudio, con la música a todo volumen, o gritando ante un espejo.
Entramos todos, incluida la perrita que pareció estremecerse y lo primero que hizo fue orinarse sobre la preciosa alfombra atigrada del hall. Un denso silencio reinaba en la casa. Lady Gamba no estaba en el salón. Ni en el estudio. Ni en su dormitorio. ¿Se habría marchado? No parecía posible. Un rastro de sangre en la cocina nos alarmó a todos. Y allí estaba el gato,  bajo la mesa, relamiéndose y limpiándose las garras  junto a los restos de lo que parecía un marisco enorme.
Estaba claro: a Lady Gamba no le gustaban los gatos, pero a los gatos sí les gustan las gambas.

Ocurrió en Moscú.

Había quedado con Gregor en la Plaza Lubianka. Quería entregarme la correspondencia que mi abuelo había mantenido con Joaquín, comunista hasta el final, soviético hasta la médula y estalinista convencido.  Toda la familia quería recuperar las «reliquias» del abuelo que, cuando enviudó, había decidido volver a su querida Rusia; si la situación le decepcionó, nunca nos lo dijo.

Había ido en metro hasta allí, y la verdad, un poco engañada por esas imágenes de internet, esos murales de realismo socialista rodeados de orlas neoclásicas, en Lubianka , ni un grafitti, parecía un mausoleo : largos y fríos pasillos, en los que se perdía la vista; eso sí, no olía a orines ni a humedad podrida como el metro de Madrid. En la desangelada plaza corría un ligero viento que podía cortar hasta las ideas. El camarada y amigo del abuelo tardaba, así que allí estaba yo, frente al antiguo edificio de la KGB, entretenida en contar las ventanas para no morirme de aburrimiento; la plaza Roja estaba cerca y tal vez hubiese estado mejor esperar allí, pero él alegó que había demasiados turistas.

Por fin apareció arrastrando  una tróller de pequeño tamaño. Él resultó algo  más mayor que en la foto que nos había enviado.

--Tal vez debiera haberte invitado a tomar un té en casa; pero desde que falleció César, no me siento con ánimo de nada —dijo bajando los ojos—. Éramos pareja, no sé si tu abuelo os habría dicho algo al respecto.

--No, la verdad es que no; apenas manteníamos contacto con él. Nos consideraba pequeñoburgueses,  reaccionarios; a veces, hasta nos había llamado fascistas. Le escribía más a Joaquín que a nosotros.

La noticia de la homosexualidad de mi abuelo me dejó helada. A menudo había expresado su rechazo llamándolos «invertidos», «viciosos» y lindezas por el estilo. Gregor se quedó en silencio, había captado mi sorpresa y no sabía qué hacer. Optó por despedirse, de manera tímida y un tanto torpe, extendió la mano deseándome  buen viaje de regreso.

Durante unos segundos permanecí quieta, junto a la maleta, mirando como  la pareja de mi abuelo desaparecía entre la anónima multitud que era engullida por la boca del metro.

Cuando me giré, la maleta había desaparecido. Miré en todas direcciones tratando de localizarla , o un policía. No tenía ni idea de ruso, Gregor había desaparecido, y lo único que podía hacer era ir al edificio de la FSB, que estaba al frente, a lo mejor tenía suerte y entre tanto agente secreto que habría allí, alguno  me entendía. 

Apenas había llegado a la puerta del edificio cuando un enorme estruendo me paralizó. La plaza tembló ligeramente, y nubes de polvo y humo salían por la entrada al metro. La gente corría en todas direcciones; en segundos, la plaza fue un hervidero de coches de policía, ambulancias, bomberos.  Parecía ser un atentado. Viudas negras caucasianas, me enteré después.

Me fui hacia la Plaza Roja, y decidí coger un taxi de regreso al hotel. Nunca sabría qué decía el abuelo en sus cartas, y la familia nunca se enteraría de su otra historia, no sería yo quien se la contara. Los héroes lo  son porque se ignoran sus debilidades.

 Chon