BIBLIOTECA DE MONTSERRAT

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sábado, 22 de marzo de 2014


Ocurrió en Moscú.

Había quedado con Gregor en la Plaza Lubianka. Quería entregarme la correspondencia que mi abuelo había mantenido con Joaquín, comunista hasta el final, soviético hasta la médula y estalinista convencido.  Toda la familia quería recuperar las «reliquias» del abuelo que, cuando enviudó, había decidido volver a su querida Rusia; si la situación le decepcionó, nunca nos lo dijo.

Había ido en metro hasta allí, y la verdad, un poco engañada por esas imágenes de internet, esos murales de realismo socialista rodeados de orlas neoclásicas, en Lubianka , ni un grafitti, parecía un mausoleo : largos y fríos pasillos, en los que se perdía la vista; eso sí, no olía a orines ni a humedad podrida como el metro de Madrid. En la desangelada plaza corría un ligero viento que podía cortar hasta las ideas. El camarada y amigo del abuelo tardaba, así que allí estaba yo, frente al antiguo edificio de la KGB, entretenida en contar las ventanas para no morirme de aburrimiento; la plaza Roja estaba cerca y tal vez hubiese estado mejor esperar allí, pero él alegó que había demasiados turistas.

Por fin apareció arrastrando  una tróller de pequeño tamaño. Él resultó algo  más mayor que en la foto que nos había enviado.

--Tal vez debiera haberte invitado a tomar un té en casa; pero desde que falleció César, no me siento con ánimo de nada —dijo bajando los ojos—. Éramos pareja, no sé si tu abuelo os habría dicho algo al respecto.

--No, la verdad es que no; apenas manteníamos contacto con él. Nos consideraba pequeñoburgueses,  reaccionarios; a veces, hasta nos había llamado fascistas. Le escribía más a Joaquín que a nosotros.

La noticia de la homosexualidad de mi abuelo me dejó helada. A menudo había expresado su rechazo llamándolos «invertidos», «viciosos» y lindezas por el estilo. Gregor se quedó en silencio, había captado mi sorpresa y no sabía qué hacer. Optó por despedirse, de manera tímida y un tanto torpe, extendió la mano deseándome  buen viaje de regreso.

Durante unos segundos permanecí quieta, junto a la maleta, mirando como  la pareja de mi abuelo desaparecía entre la anónima multitud que era engullida por la boca del metro.

Cuando me giré, la maleta había desaparecido. Miré en todas direcciones tratando de localizarla , o un policía. No tenía ni idea de ruso, Gregor había desaparecido, y lo único que podía hacer era ir al edificio de la FSB, que estaba al frente, a lo mejor tenía suerte y entre tanto agente secreto que habría allí, alguno  me entendía. 

Apenas había llegado a la puerta del edificio cuando un enorme estruendo me paralizó. La plaza tembló ligeramente, y nubes de polvo y humo salían por la entrada al metro. La gente corría en todas direcciones; en segundos, la plaza fue un hervidero de coches de policía, ambulancias, bomberos.  Parecía ser un atentado. Viudas negras caucasianas, me enteré después.

Me fui hacia la Plaza Roja, y decidí coger un taxi de regreso al hotel. Nunca sabría qué decía el abuelo en sus cartas, y la familia nunca se enteraría de su otra historia, no sería yo quien se la contara. Los héroes lo  son porque se ignoran sus debilidades.

 Chon

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