Ocurrió en Moscú.
Había quedado con Gregor en la Plaza Lubianka.
Quería entregarme la correspondencia que mi abuelo había mantenido con Joaquín,
comunista hasta el final, soviético hasta la médula y estalinista
convencido. Toda la familia quería
recuperar las «reliquias» del abuelo que, cuando enviudó, había decidido volver
a su querida Rusia; si la situación le decepcionó, nunca nos lo dijo.
Había ido en metro hasta allí, y la verdad,
un poco engañada por esas imágenes de internet, esos murales de realismo
socialista rodeados de orlas neoclásicas, en Lubianka , ni un grafitti, parecía
un mausoleo : largos y fríos pasillos, en los que se perdía la vista; eso sí,
no olía a orines ni a humedad podrida como el metro de Madrid. En la
desangelada plaza corría un ligero viento que podía cortar hasta las ideas. El
camarada y amigo del abuelo tardaba, así que allí estaba yo, frente al antiguo
edificio de la KGB, entretenida en contar las ventanas para no morirme de
aburrimiento; la plaza Roja estaba cerca y tal vez hubiese estado mejor esperar
allí, pero él alegó que había demasiados turistas.
Por fin apareció arrastrando una tróller de pequeño tamaño. Él resultó algo
más mayor que en la foto que nos había
enviado.
--Tal vez debiera haberte invitado a tomar un
té en casa; pero desde que falleció César, no me siento con ánimo de nada —dijo
bajando los ojos—. Éramos pareja, no sé si tu abuelo os habría dicho algo al
respecto.
--No, la verdad es que no; apenas manteníamos
contacto con él. Nos consideraba pequeñoburgueses, reaccionarios; a veces, hasta nos había
llamado fascistas. Le escribía más a Joaquín que a nosotros.
La noticia de la homosexualidad de mi abuelo
me dejó helada. A menudo había expresado su rechazo llamándolos «invertidos»,
«viciosos» y lindezas por el estilo. Gregor se quedó en silencio, había captado
mi sorpresa y no sabía qué hacer. Optó por despedirse, de manera tímida y un
tanto torpe, extendió la mano deseándome
buen viaje de regreso.
Durante unos segundos permanecí quieta, junto
a la maleta, mirando como la pareja de
mi abuelo desaparecía entre la anónima multitud que era engullida por la boca
del metro.
Cuando me giré, la maleta había desaparecido.
Miré en todas direcciones tratando de localizarla , o un policía. No tenía ni
idea de ruso, Gregor había desaparecido, y lo único que podía hacer era ir al
edificio de la FSB, que estaba al frente, a lo mejor tenía suerte y entre tanto
agente secreto que habría allí, alguno
me entendía.
Apenas había llegado a la puerta del edificio
cuando un enorme estruendo me paralizó. La plaza tembló ligeramente, y nubes de
polvo y humo salían por la entrada al metro. La gente corría en todas
direcciones; en segundos, la plaza fue un hervidero de coches de policía,
ambulancias, bomberos. Parecía ser un
atentado. Viudas negras caucasianas, me enteré después.
Me fui hacia la Plaza Roja, y decidí coger un
taxi de regreso al hotel. Nunca sabría qué decía el abuelo en sus cartas, y la
familia nunca se enteraría de su otra historia, no sería yo quien se la
contara. Los héroes lo son porque se
ignoran sus debilidades.
Chon
No hay comentarios:
Publicar un comentario