LADY GAMBA
A Lady
Gamba no le gustan los gatos. Llevo muchos años a su lado y me he enterado hoy,
cuando le he sugerido la presencia de algún animal de compañía en el reportaje
que íbamos a realizar en su casa. Se ha mostrado aterrorizada y a punto de un
ataque de ansiedad. No ha habido manera
de que me cuente el origen de semejante pánico.
Yo
había llevado un precioso y elegante gato Mau egipcio, que permanecía en su
transportin mientras trataba de convencerla:
—La
presencia de animales de compañía nos hace más humanos y próximos a nuestros
semejantes; eso haría que tus fans te apreciasen más, se sintieran más cercanos
a tí; los gatos eran sagrados en el Egipto antiguo y teniendo en cuenta la
estética de tu casa, tan llena de símbolos de aquella época, es lo más adecuado —No pareció convencida con mis argumentos.
Aunque
haciendo un repaso de toda la parafernalia de la decoración era verdad que
Sekmet, la diosa gata, no figuraba por ningún sitio.
__ Traéme
uno de esos chuchos pequeños, de esos que les ponen un lazo en la cabeza, __me
dijo__ y si puede ser de pelo blanco, mejor; así hará juego con el color del
sofá.
__No
hay yorkshires de pelo blanco, además, si fuese blanco sería invisible: tu sofá
es blanco. No tardarán en venir de la revista, no voy a tener tiempo de ir a
alquilar uno.
Se
levantó del sofá dando por zanjada la conversación. Conmigo no solía negociar,
solo ordenar. Pero la conocía desde hacía mucho tiempo, y había vivido con ella
situaciones tan diferentes que ya no solían asombrarme sus reacciones
intempestivas y, a menudo, coléricas. La veía sola, frágil , huérfana de afectos y referencias, y
solo me producía una inmensa ternura.
No fue
fácil convencer a la señora para que me
dejara su preciosa yorkshire, con un lacito rosa entre las orejas, me costó
tiempo, doscientos euros y consentir su presencia durante la sesión fotográfica: su perrita se podía
estresar. Hube de esperar a que completase su paseo pues acababa de salir a la
calle.
Cuando
regresé, todo el equipo estaba en la puerta. Nadie les había abierto. No me
extrañó demasiado; caprichosa y neurótica, cuando se le torcían los planes era
de temer por lo imprevisible de sus reacciones. Estaría encerrada en su
estudio, con la música a todo volumen, o gritando ante un espejo.
Entramos
todos, incluida la perrita que pareció estremecerse y lo primero que hizo fue
orinarse sobre la preciosa alfombra atigrada del hall. Un denso silencio
reinaba en la casa. Lady Gamba no estaba en el salón. Ni en el estudio. Ni en
su dormitorio. ¿Se habría marchado? No parecía posible. Un rastro de sangre en
la cocina nos alarmó a todos. Y allí estaba el gato, bajo la mesa, relamiéndose y limpiándose las
garras junto a los restos de lo que
parecía un marisco enorme.
Estaba
claro: a Lady Gamba no le gustaban los gatos, pero a los gatos sí les gustan
las gambas.
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