EL SECUESTRO
Entró rápida, con un montón de vestidos en el brazo
derecho, a la vez que con el izquierdo
empujaba un carrito en el que un bebé berreaba a pleno pulmón.
_¡Señora, señora! No puede pasar más de tres prendas
al probador.
_Disculpe, ¿puede vigilar un momentito a mi nieto?
La chica, haciendo un gesto afirmativo con la
cabeza, continuó colocando prendas en el perchero que había a sus espaldas.
Apenas habían pasado unos minutos cuando los gritos
le hicieron girarse.
_¡Mi nieto,
han secuestrado a mi nieto! ¡llame a la policía! ¡llame a la policía!
Todo había sucedido tan rápidamente que ni se había
enterado del repentino silencio.
La encargada llamó a los empleados
de seguridad; mientras trataba de tranquilizar a la mujer, estos recorrieron
todos y cada uno de los probadores.
_¡Vengan, vengan aquí! –gritó uno de los hombres
desde el fondo del pasillo.
Con su carita redonda de color púrpura y con la boca
cerrada con cinta de embalar, en el último y de cara al espejo estaba
el bebé en su carrito.
_¡Salvajes! ¡Salvajes! _gritaba entre llantos la
abuela
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