Amanece.
El solitario parque mantiene húmedo el relente de la noche. Los árboles se
mecen a merced de una suave brisa y la bruma los envuelve dando al ambiente un
aspecto fantasmagórico. Los pájaros más madrugadores ya entonan sus cantos mientras
revolotean sin cesar.
Un corredor aparece a lo lejos dando
zancadas sobre el arenoso camino que serpentea entre los arbustos de boj. Lleva
auriculares en las orejas y mira repetidamente su reloj de pulsera. Un perro de
raza indefinida y color canela trota a su lado.
En esos momentos, en un claro del
parque, un aleteo casi imperceptible mueve las hojas de los chopos. El primer
rayo de sol arranca un destello brillante de una superficie lisa como un
cristal y a la vez negra como el azabache.
La singular pareja se acerca por el
sendero. Al doblar un recodo, el animal se detiene y lanza un agudo ladrido. El
hombre no lo oye, sigue llevando los cascos y mantiene su paso.
A pocos metros, el objeto se mueve
entre las sombras, tiene forma ovoide y levita a un metro del suelo,
silenciosamente. En ese instante se oye un fuerte chirrido metálico, el perro
vuelve a ladrar, el corredor levanta la vista, los pájaros enmudecen y las
hojas de los árboles se mueven como agitadas por un vendaval.
De pronto el remolino se calma. Las
ramas vuelven a su baile suave al compás de la brisa, las aves vuelven a
entonar su canto y el sol se alza en el cielo. Allá, entre las nubes, se
adivina un centelleo. En el solitario sendero, el perro color canela aúlla como
un lobo lastimero junto a unos auriculares y una zapatilla blanca.
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