LA CARTA:
DESPEDIDA.
Toda
experiencia tiene su recorrido. Un principio y un fin. La nuestra ha terminado.
Sin dolor. Por agotamiento.
Recuerdo
cuando nos conocimos, yo estaba expectante, llena de imágenes de futuro
inmediato, con un punto de incredulidad. Cuando nos separábamos, solo podía
pensar en ti, cómo estarías en mi ausencia, deseando que llegase el día
siguiente para verte de nuevo; entonces te observaba detenidamente, comprobando que todo estaba
bien.
Nada ni
nadie hará que olvide los momentos que pasamos juntos, sobre todo los viajes:
cuando fuimos de Riopar a Alcaraz, por aquellas carreteras de montaña bordeadas
de barrancos cubiertos de helechos; o cuando fuimos a Las Alpujarras y
queríamos subir al refugio budista y tuviste que quedarte en el camino, la edad
ya te había tocado el corazón y no podías llegar.
El tiempo
nos marca, las experiencias nos redibujan el aspecto, arrugas y cicatrices que
establecen una biografía paralela, cerrando pasados y abriendo otros futuros.
Aún me
duele las veces que desapareciste, sin que yo supiera el cómo ni el porqué,
dónde estabas, qué había pasado. Las noches se me hacían interminables: ¿qué
haría yo sin ti? Mi rutina quedaba destrozada por tu ausencia. Y la alegría de encontrarte de nuevo, sin
esperarlo, recompensaba con creces mi ansiedad nocturna.
No te
olvido, ni te dejo abandonado a un azaroso destino. Me despido de ti con cierta nostalgia del
tiempo en común. Pero te confío a buenas manos: mi amiga Dolores, aunque tiene
el carnet de conducir hace poco, es muy cuidadosa. Cuidará de ti como yo, o
mejor. Es que me han ofrecido un Renault Megane a muy buen precio, lo entiendes
¿verdad?.
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