Las
nueve de la noche en casa de la familia Pérez. Mientras
cenan, la sintonía del telediario inunda la estancia. Un poco de
política internacional y economía, la ola de frío y luego el apartado de
sucesos. El locutor pone énfasis en algo tremendo acaecido esa misma tarde,
posiblemente un atentado terrorista o quizá una venganza del líder de la
oposición, todas las hipótesis quedan abiertas para intentar explicar lo
ocurrido al coche del ministro, que aparece en pantalla con los restos de una
explosión reflejados en su chasis y el paragolpes trasero colgando.
La madre sigue prestando atención a
lo que queda en su plato, el padre dice que ese indeseable ya ha recibido lo
que se merecía, y Dani se muerde el labio inferior.
Aún recuerda la escena de unos días
atrás. Misma hora, mismo menú y mismo locutor. Esa vez daba la noticia del
nuevo vehículo que había adquirido el ministro de economía. Era primicia porque
de dicho modelo sólo se habían fabricado diez y el que mostraban iba a ser el único
que trajeran a España. Deportivo, rojo, flamante, y carísimo.
La madre miró al plato, el padre
dijo que siempre habría clases, y Dani se mordió el labio para no explotar,
pero con la sangre hirviendo en las venas de sus dieciséis años y el
convencimiento de que era una injusticia que su padre que trabajaba doce horas
diarias sólo pudiera permitirse mantener a duras penas un coche que ya rondaba
los veinte años y que llevaba el paragolpes sujeto con un alambre.
Con estas ideas bullendo en su
cabeza, al cabo de pocos días, mientras espera a un colega en una calleja
solitaria de su barrio para ir a jugar un partido de fútbol, Dani ve aparecer
el coche de la tele.
Majestuoso se detiene delante de un hotelucho, impecable e imposible
en medio de la realidad que le rodeaba. Mira a todos lados, esperando ver a
continuación la retahíla de coches negros de escolta que siempre acompañan al
dueño de ese coche, pero no es así. La calleja permanece en silencio en cuanto
el rugido del vehículo enmudece. No obstante, del mismo se apean un chico
joven, apenas mayor que él mismo, y una chavala de falda minúscula que besuquea
sin cesar al mozo. Ríen, se cogen de la cintura como si no existiera nadie más
en el mundo, y sin percatarse de la presencia del observador, se meten en el
hotel.
Dani duda entonces de que el coche
sea el que ha visto en las noticias. Evidentemente, ese chico no es el
ministro. Se acerca con cuidado, pero inmediatamente sale de dudas. El emblema
que campa sobre el capó, el color rojo, los dos tubos de escape... Es él. Lo
rodea dos veces, lo anhela y desprecia a partes iguales. En ese momento una
media sonrisa surca su cara...
Mientras el locutor vuelve a hacer
alusión a unos posibles terroristas o a las diferencias políticas del momento,
Dani ve nuevamente la calle solitaria, las piedras que depositó con cuidado
obstruyendo los tubos de escape y la cuerda que ató al paragolpes trasero sujetándolo
a la boca de incendios. El joven que salía del hotel al cabo de poco tiempo y
se despedía de la chica con un beso de tornillo, y el acelerón con el que
intentó salir zumbando. El motor echando humo, el paragolpes por tierra y la
boca de incendios soltando agua como un surtidor improvisado. <<Mi padre
me mata, mi padre me mata>>, repetía
el chico mientras se echaba las manos a la cabeza. Cinco
segundos después salía corriendo para desaparecer por la siguiente esquina.
Dani recuerda que aparecieron
bomberos y policía, y a su amigo que en ese momento salía de casa.
-¿Qué ha ocurrido? -preguntó éste
asombrado al ver el despliegue.
-No sé, un coche que ha empezado a
arder -repuso él indiferente-. ¿Vamos al
partido?
Y esta noche, termina su cena
convencido de que el coche del ministro y el de su padre ahora mismo se parecen
mucho.
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